¿Podemos confiar en el libro de Josué?

Diversos biblistas y arqueólogos modernos han desestimado el libro de Josué, alegando que el relato histórico que contiene fue inventado por escritores judíos muy posteriores, que vivieron entre los siglos VII y V a. C. y procuraron legitimar los orígenes de su propio pueblo. Por ejemplo, J. Maxwell Miller y John H. Hayes afirman: «Sostenemos que la línea argumental principal de Génesis a Josué —[incluidos] [...] la conquista milagrosa de Canaán, la asignación de los territorios tribales, el establecimiento del orden sacerdotal y de las ciudades de refugio— es una construcción literaria artificial e influida por consideraciones teológicas» (A History of Ancient Israel and Judah [Historia del antiguo Israel y Judá]).

«[Especialmente entre los minimalistas y revisionistas], parece existir un doble rasero: se aceptan las afirmaciones contenidas en textos egipcios o asirios sin pruebas externas, pero se exige que el testimonio bíblico sea corroborado por fuentes ajenas a la Biblia».

James K. Hoffmeier, Ancient Israel in Sinai: The Evidence for the Authenticity of the Wilderness Tradition [El antiguo Israel en el Sinaí: Las pruebas de la autenticidad de la tradición del desierto]

¿Es razonable esta conclusión? ¿Existe alguna prueba de que, antes del siglo VII a. C., los israelitas conocieran los acontecimientos consignados por Josué? Sí, la hay. Amós, profeta de Judá del siglo VIII a. C., alude a la intervención de Dios en la conquista de la tierra mucho antes de la época en que los críticos sitúan a aquellos supuestos escritores: «Yo los hice subir de la tierra de Egipto y los conduje por el desierto durante cuarenta años para que poseyeran la tierra del amorreo» (Amós 2:10). Los destinatarios de Amós debían de comprender perfectamente esta referencia; de lo contrario, mencionarla habría carecido de sentido.

De igual modo, el profeta Miqueas, contemporáneo suyo, menciona el recorrido de los israelitas desde Egipto hasta el cruce del Jordán sin necesidad de mayores explicaciones (Miqueas 6:3–5). Es decir, en el siglo VIII a. C. los israelitas sabían de manera generalizada que su pueblo había tomado posesión de la Tierra Prometida tal como Josué lo había consignado.

«Tanto el texto de Josué como su marco literario del antiguo Cercano Oriente ponen de relieve la geografía y transmiten la impresión de un plan de batalla muy antiguo y auténtico. ¿Por qué habrían de ofrecer los relatos de la conquista de Josué datos geográficos tan específicos y verificables si no reflejaran acontecimientos históricos reales?»

John M. Monson «Enter Joshua: The “Mother of Current Debates” in Biblical Archaeology» [«Entra en escena Josué: La “madre de los debates actuales” en la arqueología bíblica»], en Do Historical Matters Matter to Faith? [¿Son importantes para la fe las cuestiones históricas?], editado por James K. Hoffmeier y Dennis R. Magary.

Ese conocimiento se transmitió, en parte, por medio de escritores como Asaf, uno de los músicos designados por el rey David y autor de doce salmos (1 Crónicas 6:39; 16:4–5). En el siglo X a. C., Asaf aludió a la conquista de la tierra al describir la intervención de Dios: «Expulsó las naciones de delante de ellos, les repartió a cordel la heredad e hizo habitar en sus tiendas a las tribus de Israel» (Salmo 78:55).

Por tanto, la evidencia interna de la Biblia refuta la insinuación de que el libro de Josué sea una especie de fraude piadoso.