Cómo y por qué Jesús era diferente

Algunos sostienen que las enseñanzas de Jesús son imposibles de aplicar porque contrastan fuertemente con el comportamiento humano natural. Pero no podemos alcanzar nuestro máximo potencial sin practicarlas.

A pesar de su popularidad, llegó el día en que muchos de los seguidores de Jesús se alejaron de Él. Algo de lo que él había dicho perturbó tanto a aquellos discípulos que ya no quisieron seguir asociándose con él.

Una cosa era que Jesús confrontara a los acomodados, otra muy distinta era alienar a tantos de los que se habían comprometido con él como discípulos. Es de esperar que un maestro de valores espirituales se exprese en términos contundentes respecto a las costumbres o el proceder del mundo, y que algunas de esas verdades resulten difíciles de aceptar, incluso para los seguidores más devotos.

Pero la razón por la que Jesús era tan diferente estaba en el origen de sus pensamientos, los cuales provenían directamente de su Padre, Dios. Es por eso por lo que sus pensamientos estaban en armonía con Dios, pero no con la mente humana natural. Para ser como Dios, es esencial que los seres humanos se alineen con los valores de Dios.

Entre las «enseñanzas o dichos difíciles de Jesús», en el Sermón del Monte se encuentran algunas de sus declaraciones más controvertidas, aunque reconocidas —tanto por sus seguidores como por quienes no lo son— como la mejor enseñanza moral de todos los tiempos condensada en solo ocho versículos. Algunos sostienen que son imposibles de aplicar debido a su marcado contraste con el comportamiento humano natural. Pero, paradójicamente, la vida humana no puede alcanzar su máximo potencial sin practicar esos valores.

Las ocho afirmaciones conocidas como las «Bienaventuranzas», o bendiciones, están ordenadas en una secuencia lógica. Comienzan con lo que es el punto de partida para los seres humanos: el reconocimiento de nuestra pobreza o insuficiencia espiritual.

«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» (Mateo 5:3, RVA-2015). Esta enseñanza destaca cuál debe ser nuestra máxima prioridad, si queremos, ante todo, tener una relación con nuestro Padre en su reino. Necesitamos a Dios espiritualmente por causa de nuestra pobreza espiritual. La humildad proviene del reconocimiento de que sin Dios nada somos ni podemos hacer nada de valor espiritual. Esto pone de manifiesto el contraste entre Dios y la humanidad. Puede que nos cueste reconocer nuestra pobreza espiritual porque entra en conflicto con nuestro deseo natural de ser autosuficientes, independientes y orgullosos. Si nos resistimos a la idea de que nuestra falta de humildad podría ser el problema, deberíamos reconsiderar si nuestra perspectiva es verdaderamente clara.

La pobreza de espíritu es una realidad en la vida de los seres humanos. Es nuestra condición; y Dios quiere aliviar esa carga dándonos acceso a su reino. Pero nos toca a nosotros reconocer nuestra condición y buscar su ayuda para lidiar con este problema. Si no nos despojamos de esta condición, si no nos esforzamos por deshacernos de la debilidad del espíritu humano, no podremos heredar el reino. Si no reconocemos nuestra necesidad de la ayuda de Dios, si no nos sometemos a su voluntad y a sus caminos, no podremos compartir la eternidad con él.

«Estas no son cualidades naturales; nadie es así de nacimiento o por naturaleza.»

David Martyn Lloyd-Jones, Studies in the Sermon on the Mount

La segunda bienaventuranza o bendición describe lo que sigue en el proceso de aceptar la pobreza espiritual; consiste en sentir pena por la condición humana. «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.». Esto no puede referirse al dolor que siente el mundo en general. Es algo que experimenta el seguidor de Cristo. Se trata de un estado mental que nos convence de la necesidad de realizar un cambio radical. Es un dolor causado por el mal que percibimos en el mundo en el que vivimos. Es un dolor por la opresión tanto de personas justas como de injustas.

Es también una lamentación por el pecado personal y la condición individual. Un seguidor de Cristo se sentirá conmovido por la gravedad del estado del mundo y por los efectos del pecado personal. La aflicción espiritual conduce al deseo de cambiar la naturaleza humana con la ayuda de Dios. La promesa asociada a esta bienaventuranza es el consuelo personal de Dios.

La tercera bienaventuranza requiere introspección y representa otro paso lógico en la progresión de las bienaventuranzas. Dice: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.». Aunque en términos humanos la mansedumbre no conduce al poder ni a las posesiones, sí conduce a heredar el mundo en un sentido espiritual. Mansedumbre es la cualidad de estar dispuesto a aprender y a abrirse al conocimiento del camino de Dios. Es una forma de demostrar humildad y evitar la arrogancia o el orgullo.

Buscar la pureza interior

Ahora las bienaventuranzas dan un giro más desafiante, ya que se nos pide que consideremos permitir que las perspectivas externas nos muestren dónde estamos equivocados, después de reconocer la pobreza de espíritu y entristecernos por la condición humana. Nuestra disposición a aprender puede verse desafiada, pero si seguimos siendo receptivos, podemos lograr mucho y heredar la tierra según el plan maestro de Dios. La cuarta bienaventuranza actúa como puente hacia las tres siguientes. Representa el deseo interior de buscar sinceramente los caminos de Dios que sustentan el comportamiento correcto. Si buscamos los caminos divinos con el mismo entusiasmo con el que buscamos comida y bebida, seremos bendecidos con plenitud; nos sentiremos saciados. Experimentaremos la bendición de Dios por pensar y actuar de manera correcta. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados».

A continuación, vemos otro nivel de desarrollo en las bienaventuranzas. La quinta de ellas introduce una característica que se dirige hacia los demás en vez de ser introspectiva. Dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia.». Algunas traducciones utilizan la palabra «compasión» en vez de «misericordia». La compasión era una de las principales características de Cristo. Cuando pensamos en la misericordia como cualidad, ¿qué nos viene a la mente? Pensemos en ocasiones en las que alguien nos ha mostrado misericordia a pesar de nuestras debilidades e imperfecciones. Mostrar misericordia promete traer bendiciones, y aquellos que muestran misericordia recibirán misericordia.

El corazón humano es parte fundamental de muchos problemas. Alcanzar la pureza de corazón es un objetivo digno de elogio en la vida. Jesús dijo: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios». Quienes tienen como objetivo la pureza, verán a Dios. El corazón natural no puede ver a Dios y, según Jesús, el corazón natural es lo que nos contamina. En Mateo 15:19, Jesús afirmó que los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios y las blasfemias provienen del corazón.

Por lo tanto, las bienaventuranzas se centran en la pureza interior y las actitudes esenciales. Se nos invita a esforzarnos por alcanzar la pureza de corazón, que es una condición compatible con Dios. Los seres humanos no podemos mostrar este tipo de corazón por nosotros mismos; pero con la ayuda de Dios, nos es posible lograrlo. Juan, otro seguidor de Cristo, escribió que en la vida futura los que creemos «seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2, RVA 2015); es la misma promesa que se hace a los puros de corazón.

«Las ocho cualidades juntas constituyen las responsabilidades; y las ocho bendiciones, los privilegios, de ser ciudadano del reino de Dios. Esto es lo que significa disfrutar del gobierno de Dios.»

John W. Stott, The Message of the Sermon on the Mount

Dichos difíciles

La tercera bienaventuranza del segundo conjunto muestra una progresión de cualidades espirituales. Dice: «Bienaventurados los que hacen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios». En la época de Jesús, procurar la paz habría sido lo último que cabría esperar del Mesías, porque la gente buscaba el derrocamiento de la opresión romana.

Sin embargo, para parecerse a Dios, los seres humanos deben convertirse —de corazón— en pacificadores. El texto destaca la importancia de buscar activamente la paz y ser una persona pacífica. La paz es muy valorada en las Escrituras, donde se hace referencia a Dios Padre como «Dios de paz» y a Cristo, a su regreso, como «Príncipe de paz». Su reino se caracterizará por la paz y la seguridad. Se anima a los creyentes a promover la paz, y el establecimiento de la paz figura como una de las principales prioridades en las bienaventuranzas.

Es posible que a los oyentes de Jesús les resultara difícil aceptar la última bienaventuranza, pero esta promete la entrada en el reino de los cielos. El reino de los cielos se nombra, al igual que en la primera bienaventuranza. Esta lista de actitudes esenciales para el seguidor de Cristo se completa así: «Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos».

Las bienaventuranzas enumeran las cualidades espirituales que los seguidores de Cristo deben incorporar a su identidad esencial. Estas cualidades son profundamente espirituales e imposibles de alcanzar si solo se utiliza la mente natural; pero si el Espíritu de Dios está activo, se vuelven alcanzables. Inevitablemente, habrá oposición a los verdaderos seguidores de Cristo en las condiciones del mundo actual. Sin embargo, esta oposición es soportable cuando se tienen en cuenta las características espirituales y las promesas en relación con ellas.

Estas son ocho características esenciales para quienes quieren seguir a Cristo. Durante su ministerio, muchos se convirtieron en sus discípulos. En cierta ocasión, Jesús se refirió a sí mismo, figurativamente, como «el pan de vida» que debe ser ingerido para que quien lo coma se convierta en semejante a él. Luego extendió la analogía de comer pan a la de ingerir su carne y permitirle así vivir en ellos. Muchos consideraron esto como «una enseñanza muy difícil», por lo cual decidieron que ya no podían seguir escuchándolo y se alejaron de él (Juan 6, NVI).

Las enseñanzas o dichos difíciles —como las bienaventuranzas— pueden enseñarnos verdades valiosas y exigirnos mucho, pero encierran la promesa de una satisfacción infinita.