Pecados religiosos, viejos y nuevos
«Idolatría» y «hechicería» pueden parecer anticuados en términos actuales, pero tienen una aplicación más amplia y actual de lo que podríamos imaginar.
Cuando piensa en los muchos problemas que hay en el mundo, ¿No le parece que los defectos humanos son a menudo la causa—que la naturaleza humana se entrega fácilmente a hacer cosas que son contrarias a nuestros mejores intereses? Y cuando pensamos en esos defectos, ¿Sería demasiado exagerado decir que a menudo pecamos contra nosotros mismos? ¿Nos hemos convertido en nuestros peores enemigos, causándonos dolor y angustia a nosotros mismos y a los demás, y dañando nuestro espacio vital global? ¿Sería descabellado denominar «pecado» a este comportamiento?
En una «lista de pecados» de hace 2.000 años, Pablo, el escritor del Nuevo Testamento, estableció más de una docena de comportamientos contraproducentes, algunos de los cuales pueden parecer, a primera vista, poco relevantes hoy en día. Podría decirse que no es de extrañar después de tanto tiempo.
Tomemos, por ejemplo, dos hechos religiosos (la segunda de las cuatro categorías de pecado de Pablo; ya hablamos aquí sobre los pecados sexuales), en concreto, la adoración de ídolos y la relación con poderes malignos. Cuando Pablo escribía en la lengua griega de la época, eidólolatria significaba inclinarse ante los ídolos—la obra de manos humanas. Pharmakeia se refería a la mejora de la experiencia de adoración con drogas y estados de trance de la mente que estaban conectados con la brujería o hechicería. Estas actividades siguen existiendo de forma limitada, pero, como veremos más adelante, el culto a los ídolos y la relación con los poderes malignos se siguen practicando de otras formas.
Se dice que cualquier cosa que consuma nuestra atención durante largos periodos de tiempo puede convertirse en un ídolo y desplazar lo que es más importante, incluso lo espiritual. En lo que se refiere a Dios, cualquier cosa que interfiera con la devoción a Él es idolatría, poner un ídolo en lugar de Él. Hay muchas modalidades de culto a los ídolos, incluyendo la glorificación de celebridades, deportes, dinero y posesiones, poder, amor propio, apariencia e identidad personal, una pareja, el mundo del entretenimiento, la gratificación sexual, o un partido o movimiento político. Es posible que puedan ser desarrollados comportamientos adictivos hacia cualquiera de estos «“ídolos»: El culto al dinero puede asociarse al juego adictivo y al gasto compulsivo; el trastorno narcisista de la personalidad es una complicación de la obsesión por uno mismo; por otra parte, un estudio británico concluyó que el síndrome de adoración a las celebridades afecta a más de un tercio de la población a un grado intenso-personal o rayando en lo patológico.
«Juan Calvino dijo célebremente que el corazón es una verdadera fábrica de ídolos. Yo solía pensar que se trataba de la típica misantropía calvinista oscura e hiperbólica. Sin embargo, cuanto más viejo me hago, más reconozco que es una sobria afirmación de un hecho. Los ídolos son nuestra especialidad.»
Además, a menudo se nos advierte de los peligros de una exposición prolongada a las redes sociales. ¿Podría el smartphone convertirse no sólo en un ídolo, sino incluso en algo peligroso? Cuando las redes sociales que consumimos son triviales y de escasa trascendencia, corremos el riesgo de padecer el «brain rot» (o putrefacción cerebral) - la palabra del Diccionario Oxford de la lengua inglesa para 2024). Sin una estimulación vigorosa, el cerebro sufre. Y sin duda el cerebro también sufre por elecciones morales equivocadas, o «podredumbre moral». El columnista del New York Times, Roger Cohen señala: «La forma más profunda de putrefacción es la erosión de la distinción entre verdad y mentira». Reconocer lo que está mal o es pecado se vuelve entonces cada vez menos probable. Un pecado lleva a otro en una espiral descendente, como veremos a continuación.

Más allá de los escritos de Pablo, la palabra pharmakeia aparece en el revelador libro del Apocalipsis, donde se describe el mundo del fin de los tiempos como un sistema de comercio global que ha seducido a la humanidad: «Porque tus comerciantes eran los magnates de la tierra, y porque todas las naciones fueron engañadas por tus hechicerías. [pharmakeia]» (Apocalipsis 18:23, RVA-2015). ¿Significa esto que los hechizos mágicos o los psicodélicos serán elementos del sistema, o es más bien que la seducción de la riqueza y el poder comercial actúa como una droga para llevar a los humanos a un estado de estupor? Estos comerciantes y magnates de los últimos días están obsesionados con hacer grandes fortunas, comprando y vendiendo las mercancías del mundo. Escalofriantemente, también comercian con los «cuerpos y almas de los hombres» (versículo 13, RVA-2015). La seducción de la riqueza es tan fuerte que los seres humanos se han convertido en una mercancía más. La podredumbre moral se ha instalado; la línea que separa la verdad de la mentira, el bien del mal, ha desaparecido.
Ahora bien, es posible que queramos desviar la mirada y decirnos que el Apocalipsis no es más que un libro antiguo por demás irrelevante, o que es para un tiempo futuro, o que nadie en el orden económico actual se entrega a la corrupción. Sin embargo, nuevas investigaciones académicas muestran que la trata de personas —lo cual es esclavitud moderna— es un problema mundial creciente y masivo que se calcula que afecta a 65,3 millones de víctimas, de las cuales el 56% son sometidas a explotación sexual y el 64% son mujeres. La ganancia anual mundial estimada de estas terribles transacciones, se estima en $236.000 millones de dólares. Aunque se trata de comercio ilícito, está muy integrada al sistema mundial. Algunos venden y algunos compran. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de las Naciones Unidas, un trabajador víctima de la trata puede comprarse por unos $10.000 dólares, y las víctimas de «sexplotación», o explotación sexual, superan los $27.000 dólares.
Si se compara con el PIB de los países, el comercio ilícito podría estar entre los cinco primeros, con un valor de mercado estimado de entre $3 trillones y $5 trillones de dólares. El escritor del Apocalipsis dice que no solo se comercia con los cuerpos, sino también con las almas (en griego, psuche), es decir, del destino de las personas. «El trabajo forzoso perpetúa los ciclos de pobreza y explotación y golpea el corazón de la dignidad humana», escribe Gilbert F. Houngbo, Director General de la OIT. En otras palabras, este comercio es un pecado contra nuestros semejantes, privándoles de lo que todos deseamos: honor y respeto—simple dignidad.
«Los elevados beneficios que se obtienen por cada víctima de la explotación sexual comercial forzada son un reflejo de la parte extremadamente limitada de las ganancias que reciben a las víctimas… El hecho de que sea ilegal en la mayoría de los países significa que las víctimas tienen un recurso limitado o nulo a la justicia.»
También podríamos considerar los inconvenientes del comercio lícito. Que algo no sea ilegal no significa que sea moral. ¿Existe corrupción en el mercado legal? ¿Toleran los comerciantes el compromiso con lo moral en aras de la riqueza? ¿Podríamos encontrar corrupción en todo el sistema mundial?
En 1930, durante la Gran Depresión, el economista John Maynard Keynes escribió sobre el futuro con optimismo. Miró hacia adelante cien años y creyó que, a pesar de la crisis económica, la prosperidad universal estaba en el horizonte. Al mismo tiempo, señalaba que el profundo cambio de sistema necesario no sería inmediato. Lo planteó de una manera interesante: «Durante al menos otros cien años debemos fingir ante nosotros mismos y ante todos que lo bueno es malo y lo malo es bueno, porque lo malo es útil y lo bueno no lo es. La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses durante un poco más de tiempo. Porque sólo ellos pueden sacarnos del túnel de la necesidad económica a la luz del día».
Aunque 2030 está casi aquí, la prosperidad universal no está ni cerca de llegar. Sólo podemos asumir que el sistema corrupto de engaño y codicia que Keynes reconoció como temporalmente necesario continúa hasta ahora. Es decir, la imagen del Apocalipsis de un orden económico mundial inmoral al final de los tiempos es sorprendentemente premonitorio.
En el final de los tiempos, los ídolos y los estados mentales alterados resultan estar más estrechamente relacionados que cuando Pablo los describió por primera vez como pecados religiosos. La humanidad está constantemente en proceso de adorarse a sí misma y a su orden económico, como en trance, estupefacta.
Pablo escribió sobre las acciones naturales del ser humano (incluidos ciertos actos religiosos) como «obras de la carne», pero no sin señalar el camino para no pecar. El mundo físico que habitamos nos impone exigencias que sólo pueden ser vencidas con una forma diferente de pensar y actuar. Pablo llamó al resultado de esa mejor forma de actuar «el fruto del Espíritu» (Gálatas 5:22-23). Se manifiesta hacia los demás con amor y bondad, paz y amabilidad, autocontrol y otros rasgos que remedian los fallos de la mente natural.