Cuando las relaciones fracasan

La lista de males sociales del primer siglo presentada por Pablo resulta sorprendentemente familiar en el mundo actual.

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(PARTE 2)

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¿Las personas de su entorno parecen estar más dispuestas a discutir? ¿Se encuentra discutiendo con familiares y amigos con mayor frecuencia que antes? ¿Ha notado recientemente un aumento de ejemplos de celos, envidia y ambición egoísta? ¿Ha visto que algunas personas crean deliberadamente facciones y fomentan la división?

Tales preguntas reflejan un elemento común: la tendencia humana a la disrupción social e incluso al odio profundamente arraigado cuando la naturaleza humana toma el control.

Nuestro primer instinto podría ser suponer que se trata de fallas ajenas, pero hacerlo nos cegaría ante lo que la sabiduría establecida desde hace mucho tiempo deja en claro: tales comportamientos son comunes a todas las personas. Sin duda existen cualidades positivas, pero a menudo coexisten con nuestras imperfecciones. Por ejemplo, podemos ser compasivos con algunos y hostiles con otros al mismo tiempo.

Esta mezcla de bien y mal no es nueva. En una «lista de pecados» del primer siglo encontramos muchos males sociales conocidos —y también su antídoto—. El público de esta «charla de sabiduría» era un grupo de personas en la antigua provincia romana de Galacia. Esa época está muy lejos de la nuestra. Sin embargo, lo que el apóstol Pablo dijo entonces sigue siendo vigente, porque sus palabras describen la condición humana a lo largo del tiempo. Tienen una aplicación universal.

Después de presentar un catálogo de pecados sexualesreligiosos, Pablo incluye una lista de males sociales: «odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades (o ambición egoísta), desacuerdos, sectarismos y envidia; borracheras, orgías [o “fiestas desenfrenadas”] y otras cosas parecidas.» (Gálatas 5:19–21, Nueva Versión Internacional); algunas traducciones también incluyen el homicidio (Gálatas 5:21, Reina-Valera 1960).

Estas características señalaban relaciones fallidas hace dos mil años. Veamos cómo se manifiestan hoy.

Odio y discordia

El odio hacia grupos con diferentes creencias, costumbres, religión, raza, color, etnia, género o afiliación política es rampante en muchas naciones. En los países que protegen la libertad de expresión, el odio puede derivar con mayor facilidad en discursos de odio y crímenes de odio. Sin embargo, Internet y las redes sociales proporcionan plataformas poderosas que amplifican y difunden estos antagonismos en todas partes. La retórica política, la inseguridad económica y la pérdida de confianza en las instituciones allanan el camino para la expresión de posturas extremistas que enfrentan a un grupo contra otro y potencian el odio. 

En los Estados Unidos, el FBI ha informado de un incremento de los delitos de odio durante varios años consecutivos, a partir de 2016. Estos incrementos se intensificaron de 2020 a 2023, especialmente contra los asiático-estadounidenses (durante la pandemia de COVID-19), las comunidades judías, los afro estadounidenses y las personas LGBTQ+.

La Oficina para las Instituciones Democráticas y los Derechos Humanos (ODIHR) de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa) recopila datos anuales de 57 Estados de Europa, Eurasia y América del Norte, de los cuales 47 presentaron datos para el informe de 2024. Se calculó que se denunciaron 12.714 delitos de odio, aunque cada año muchos más no se reportan. Los datos del año anterior mostraron que casi la mitad de todos los delitos de odio fueron antisemitas y cerca de un tercio fueron racistas y xenófobos. Los actos asociados con el odio antisemita y antimusulmán aumentaron tras el ataque de Hamás en octubre de 2023 y la respuesta de Israel.

«Muchos incidentes tuvieron lugar en espacios que las víctimas no pueden evitar, como el hogar, la escuela, el lugar de trabajo y el transporte público. En algunos casos, los perpetradores eran personas que ocupaban posiciones de autoridad, como docentes, gerentes y arrendadores».

Oficina para las Instituciones Democráticas y los Derechos Humanos de la OSCE, «Informe sobre Delitos de Odio del ODIHR» (2024).

¿Es este odio profundamente arraigado el responsable de gran parte de la violencia de la que oímos hablar a diario? La respuesta parece ser afirmativa.

El segundo elemento en la lista del apóstol es el comportamiento discordante o contencioso, que surge del odio hacia otros grupos. La mente natural es propensa a caer en conflicto o contienda contra quienes son diferentes. Al igual que los delitos de odio, el discurso de odio —el abuso verbal dirigido contra cualquier grupo cuya identidad se base en diferencias— con frecuencia no se refleja en las estadísticas oficiales. Este tipo de contienda produce conflicto, genera un ambiente hostil y nutre ciclos crecientes de tensión.

Sin embargo, el abuso verbal no se limita a diferencias de identidad grupal. Lamentablemente, es muy común también a nivel personal. En las relaciones íntimas, entre el 25 y el 40 por ciento de los adultos informan haber experimentado este tipo de agresión. En el ámbito familiar, el abuso verbal entre hermanos es frecuente pero poco reconocido, y aproximadamente el 50 por ciento de los niños informa tener padres verbalmente abusivos. En el entorno laboral, entre el 30 y el 40 por ciento de los trabajadores afirma haber sufrido comunicaciones hostiles.

Una vez más, Internet amplifica el problema: entre el 40 y el 50 por ciento de los usuarios ha experimentado abuso en línea, siendo los jóvenes —en particular las mujeres jóvenes— el grupo más afectado.

Es probable que el abuso verbal esté infravalorado debido a su normalización, la vergüenza, el miedo, la falta de apoyo y la sutileza del gaslighting o manipulación psicológica, una forma de manipulación mediante la cual las personas abusadas son inducidas a dudar de sus propias percepciones y memorias, fortaleciendo así al manipulador.

Celos, envidia y ambición egoísta

Los siguientes elementos de la lista operan de manera más sutil, pero resultan igualmente destructivos.

Los celos pueden manifestarse de muchas formas, incluso en ámbitos interpersonales, sociales y profesionales. Surgen de una visión de la vida centrada en uno mismo, unida a una sensación de insuficiencia en comparación con otros y al deseo de compensar esa percepción.

En las sesiones de terapia de pareja, los clientes suelen citar los celos como un factor importante de su insatisfacción. Por ejemplo, una de las partes puede monitorear los contactos del otro en redes sociales, rastrear sus ubicaciones o limitar y controlar sus interacciones con otras personas.

En el plano social, una persona celosa puede mostrar resentimiento ante el éxito ajeno mediante elogios poco sinceros. En algunos individuos, una forma más sutil de los celos se manifiesta como ansiedad social relacionada con el FOMO (fear of missing out, el temor a quedarse fuera) respecto a lo que otros están experimentando o disfrutando. Este se ve exacerbado por la promoción, en las redes sociales, de momentos cuidadosamente seleccionados de la vida de las personas, así como por las notificaciones constantes y las actualizaciones en tiempo real, que generan inseguridad en quienes tienden a hacer comparaciones negativas.

En el ámbito profesional, una persona celosa puede socavar el éxito de un colega, atribuirse falsamente el mérito del trabajo de otros, impedir el progreso ajeno o volverse excesivamente competitiva.

En definitiva, lo que el Otelo de Shakespeare denomina «el monstruo de ojos verdes» no hace más que «mofarse de aquello de lo que se alimenta». En otras palabras, los celos pueden destruir precisamente aquello que pretenden proteger. Y con frecuencia desembocan en la siguiente falla humana que Pablo identifica: arrebatos de ira o ataques de furia.

La envidia, otra característica incluida en la lista, difiere de los celos. La envidia implica algo más que solo resentimiento; supone una sensación de descontento por lo que tienen los demás. Mientras que el fuego de los celos puede conducir a estallidos de ira, la temperatura más fría de la envidia puede dar lugar incluso al homicidio con premeditación (el noveno pecado en una versión alternativa de la lista).

El evangelio de Mateo registra el caso más conocido históricamente de asesinato de un inocente: debido a la envidia, los enemigos de Cristo lo entregaron a los romanos para que lo crucificaran.

«En la fiesta, el procurador [Pilato] acostumbraba a soltar al pueblo un preso, el que quisieran. … Pilato les dijo: ¿A cuál quieren que les suelte? ¿A Barrabás [el famoso prisionero] o a Jesús, llamado el Cristo? Porque sabía que por envidia lo habían entregado.»

Mateo 27:15–18, Reina-Valera Actualizada 2015

La ambición egoísta, que también aparece en esta sección de la lista, es otro rasgo humano perjudicial, a menudo vinculado con los celos y la envidia. La cultura romana del honor promovía la competencia por los cargos militares, el prestigio social y el estatus, y se la consideraba virtuosa. Sin embargo, el espíritu de rivalidad que subyacía a esa competencia no fomentaba el bien común.

En la actualidad, la ambición egoísta se manifiesta en todos los ámbitos de la vida, desde el mundo corporativo hasta las jerarquías eclesiásticas, así como en los partidos políticos y en todas las ramas del gobierno. El líder humilde, con una mentalidad de altruismo y servicio, es escaso. El espíritu de rivalidad que socavaba el bien común en la época romana produce hoy resultados similares, dando lugar a disensiones y fragmentación cuando las personas discuten sobre cuestiones y figuras políticas.

Este espíritu genera disputa, división y hostilidad. Las divisiones internas pueden explicar en gran medida nuestra incapacidad para resolver los problemas sociales. Cuando las personas se repliegan en trincheras ideológicas, el diálogo moderado se vuelve prácticamente imposible.

El costo del abuso del alcohol

La última categoría general de defectos humanos en la lista ampliada de Pablo incluye dos pecados relacionados con el uso indebido del alcohol: la embriaguez y las fiestas desenfrenadas. Según autores romanos de la época, el consumo excesivo de alcohol era común en banquetes y festivales. La fiesta invernal de las Saturnales o Saturnalia, por ejemplo, era una ocasión en la que personas de todas las clases sociales participaban de beber en exceso.

Hoy en día, el consumo excesivo de alcohol y el alcoholismo son auténticas plagas sociales. Solo en Estados Unidos, el costo humano de la embriaguez es enorme: cada año se producen más de 178.000 muertes relacionadas con el alcohol. Las enfermedades hepáticas, los problemas cardíacos, el cáncer, el suicidio y los accidentes están todos vinculados al consumo elevado de alcohol. Aproximadamente el 40 % de los delitos violentos, incluidos la agresión sexual y la violencia doméstica, también involucran el alcohol.

Los niños que presencian el abuso crónico de alcohol por parte de sus padres experimentan niveles más altos de trauma emocional, daño físico, inestabilidad financiera y adicción; y con frecuencia perpetúan ciclos intergeneracionales de daño.

A partir de este breve recorrido por los males sociales del siglo I, podemos observar que las cosas no han cambiado mucho a lo largo de los siglos. La naturaleza humana permanece constante.

La próxima vez examinaremos el antídoto de Pablo para esta amplia lista de pecados. De naturaleza espiritual, muestra cómo los aspectos negativos de la naturaleza humana pueden ser reemplazados con éxito.

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