¿Se puede cambiar la naturaleza humana?
Sustitución de las obras de la carne (la naturaleza pecaminosa) por el fruto del Espíritu
El fruto del Espíritu representa más de lo que el esfuerzo humano puede lograr por sí solo. Desde el amor hasta el dominio propio, cada característica desempeña un papel fundamental en la superación de nuestras tendencias naturales.
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(PARTE 3)
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Al examinar una lista de defectos humanos de dos mil años de antigüedad que se encuentra en Gálatas 5:19-21, hemos descubierto que, en lo que respecta a la naturaleza humana, algunas cosas no cambian mucho. Estas «obras de la carne» fragmentadas (en plural) son evidencia de desorden. Pero el apóstol Pablo —autor de la carta a los Gálatas— cambia de enfoque y describe el antídoto sobrehumano: el «fruto del Espíritu» (en singular), expresado en nueve formas interconectadas. Esta lista contrastante está organizada con la característica más importante primero y una significativa al final. «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas» (Gálatas 5:22-23, NVI).
A diferencia de las obras de la carne (la naturaleza pecaminosa) que impiden heredar el reino venidero de Dios, estas características basadas en el Espíritu no tienen repercusiones negativas. Pablo comparte esta información en su carta a un pequeño grupo de personas que han respondido al llamado de Dios. El Espíritu Santo les ha dado estas características, pero aún tienen que luchar contra la tendencia natural del ser humano a caer en lo malo. Nosotros podemos observar lo que ellos hacen y aprender cómo lidiar con las obras de nuestra naturaleza pecaminosa. «Los que son de Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos [el origen de tales obras]. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu» (versículos 24-25, NVI, énfasis añadido al texto).
El Espíritu de Dios, al obrar en una mente entregada por completo a la voluntad de Dios, permite la transformación de los pensamientos y las acciones pecaminosos. Desarrollar el fruto del Espíritu se convierte en lo más importante en nuestro pensamiento, de modo que la mente natural intrusiva pueda ser vencida. El amor divino guía el camino en esta transformación y las virtudes que le siguen son expresiones de ese amor. El dominio propio sirve como complemento, enfatizando la agencia humana en el proceso de transformación cooperativa.
Amor, alegría y paz
El amor [en griego: como sustantivo, ágape; como verbo, agapao] —el primero de los tres estados espirituales de la mente— es primordial: la característica más fundamental que Pablo señala.
El amor puede transformar las relaciones y superar las divisiones, pero, tal como señalara Jesús, la comprensión popular había distorsionado lo que el amor requiere: «Ustedes han oído que se dijo "Ama [agapao] a tu prójimo y odia a tu enemigo"» (Mateo 5:43, NVI). Este enfoque no expresa amor divino. Lo que habían oído era una interpretación errónea de las Escrituras. La ley manda: «Ama a tu prójimo como a ti mismo», pero no ordena en ningún momento: «Odia a tu enemigo».
Muy por el contrario, Jesús explicó cómo se expresa el amor divino. El odio es obra de la naturaleza pecaminosa, pero el Espíritu de Dios lo sustituye por el amor divino. En lugar de tomar represalias contra los perseguidores, nos vemos llamados a dar una respuesta diferente: «Amen [agapao] a sus enemigos y oren por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? […] Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto» (versículos 44-48, NVI).
«Ama a tu prójimo como a ti mismo».
Dios no hace distinciones en la forma en que expresa su amor hacia todos sus hijos. Quienes se comprometen a seguir el camino de Dios deben expresar ese mismo amor por todas las personas. No puede haber estados de enemistad ni de odio, injurias ni calumnias, mal genio ni disputas junto al amor divino.
La alegría, la segunda expresión de amor que aparece en la lista, fluye naturalmente de este fundamento. Jesús relacionó la alegría con la obediencia y el amor cuando habló a sus discípulos en la última noche de Pascua. Dijo: «Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa» (Juan 15:10-11, NVI).
Una persona en sintonía con Dios le seguirá, le obedecerá, experimentará su amor y la alegría que ese amor produce.
También llegará a conocer la paz, ese tercer rasgo mencionado en la lista, más allá de lo que la mente natural puede experimentar (véase Juan 14:27). El apóstol Pablo escribió sobre lo excepcional de este don cuando dijo: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7, NVI).
Hay otras cinco expresiones espirituales del ágape —la paciencia, la bondad, la generosidad, la fidelidad y la mansedumbre— que son claramente características que la mayoría de las personas desean. Pero estos atributos guiados por el Espíritu también van más allá de lo que podemos lograr por nosotros mismos. Fluyen de una mente unificada y guiada por el Espíritu. Transforman la mente que tiende naturalmente hacia las obras destructivas de la naturaleza pecaminosa.
El dominio propio y la obra del Espíritu
La última característica que Pablo menciona —el dominio propio— señala que esta transformación no ocurre automáticamente, sino que requiere una cooperación continua con el Espíritu de Dios.
Por nosotros mismos podemos ejercer cierto autocontrol. Pero como hemos visto, el dominio propio, como característica divina, va más allá de lo que puede alcanzar la mente natural. Debe incluir el cambio personal, el dominio de uno mismo y la autorregulación con la ayuda del Espíritu Santo. No es una tarea sencilla.
Pablo —aun guiado como era por el Espíritu— contaba de la lucha que libraba con su propia mente natural: «Así que descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal. Porque en lo íntimo de mi ser me deleito en la ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley de mi mente, y me tiene cautivo» (Romanos 7:21-23, NVI).
«Así que descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal».
Pablo reconocía que solo Cristo podía liberarlo de este impasse: «¿Quién me librará de este cuerpo mortal? ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!». Así afirmaba que la ayuda de Cristo, a través del Espíritu Santo, es la respuesta. Decía: «En conclusión, con la mente yo mismo me someto a la ley de Dios, pero mi naturaleza pecaminosa está sujeta a la ley del pecado» (Romanos 7:21-25). Pablo reconocía que, aunque en su mente estaba de acuerdo con el camino de Dios, a veces hacía cosas que no quería debido a la debilidad de su mente natural.
Una vez más, observamos a este hombre escribiendo en privado a personas que ya se habían entregado al camino de Dios. Es la suya una gran introducción al dilema que todos enfrentamos cuando sentimos que estamos siguiendo el camino equivocado: cuando nuestra naturaleza humana está ganando la partida.
Según Pablo explicaba: «La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios» (Romanos 8:7-8, NVI). Él decía a sus oyentes: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!". El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios…» (versículos 14-16, NVI).
Está claro que el Espíritu de Dios es fundamental en el proceso de cambio, pues permite la acción del dominio propio —de carácter divino— sobre la mente natural. Esto no significa que Dios lo haga todo por nosotros. A nosotros nos toca tomar la decisión consciente de hacer lo correcto. Así, con la ayuda del Espíritu de Dios en acción, el cambio se vuelve posible. Comenzamos a expresar el amor divino como el principio fundamental que guía todo lo que hacemos, y empezamos a superar o dejar de lado y reconocer las obras de la naturaleza pecaminosa, y comenzamos a progresar. Debemos andar de acuerdo con el Espíritu, no con la naturaleza pecaminosa.
En esta serie sobre las inquietantes obras de la naturaleza pecaminosa, hemos considerado más de dieciséis rasgos destructivos, organizados en grupos de problemas sexuales, religiosos, sociales y en relación con el alcohol. Estos describen una vida humana fragmentada, carente de los nueve aspectos del fruto del Espíritu. Los atributos otorgados por el Espíritu, basados en el don del amor divino y en el ejercicio del dominio propio guiado por el Espíritu, proporcionan, en conjunto, el remedio para el desorden de la naturaleza humana.
Para obtener más información sobre este camino, le invitamos a consultar el contenido relacionado que figura a continuación.